When the bells rang everybody go out from the graveyard, everybody unless them…
Era once de diciembre de ya no me acuerdo que polvoriento año… Estaba en el cementerio acompañado de una de esas personas con la cual uno se siente bien… No sé si por amor a la vida o a la muerte, no sé porqué esa tarde, no sé porqué con él. Recuerdo el color de sus ojos a plena luz del sol. No podría definirlos con otra palabra que verde cementerio. Ojos color clima, color sentimiento. Entraron a esa amalgama de monumentos y se transformaron en una puerta más de los tristes mausoleos. Traspasaron el umbral de la recepción y comenzaron a revivir a todos esos muertos. Una mirada compasiva que les daba paz, una mirada destructiva que los enterraba y liberaba de este mundo. Una mirada… Nada más… El tiempo parecía congelarse cada vez que él se asomaba a una bóveda.
Los candados, corruptos por el óxido, parecían abrirse ante él. Suspendidos nosotros y los pobres muertos en una pausa del tiempo, la tierra seguía girando y el sol con ella, y sonaron las campanas de las seis.
¡Señores el cementerio ha cerrado, diríjanse a la salida por favor! Pasó gritando un sereno. La tarde nos daba la despedida. Las estatuas lloraban de dolor. Todos se iban y nadie saludaba a los muertos. Escapamos del vigía en busca de nuestra última victima. Y allí, enterrada sin haber muerto, una niña juega a las escondidas detrás del mármol que lleva su nombre. El viento nos cuenta en secreto la historia de la pobre niña. No terminó de nacer, jamás llegó a vivir, nunca pudo morir. Pero fue encerrada en una eternidad que ayer se llamó pasado y mañana se llamará futuro. Mis ojos se llenaron de lágrimas, el verde se convirtió en gris y una voz nos llamó desde adentro.
La puerta entreabierta, lo suficiente para ver el castigo de la niña malcriada pero confinándola al encierro eterno. La niña sonrió al ver que a alguien le importaba y dejó caer, desde dentro de la desintegrada tela de su ropa, una rosa negra. La tomé entre mis manos, me manché de ceniza y segundos después, sangre rojo carmesí fluía por culpa de una espina fuerte como hace cientos de años. Mi alma en ella, hizo revivir la rosa. Una rosa rojo terciopelo brotó entre mis manos. Se escuchaba la carcajada de la pequeña retumbar desde adentro de su tumba. Era hora de irse… Todos, todos salimos del cementerio. Todos salvo ellos que se quedan día tras día a dormir, y las flores que nacen entre las grietas de la muerte…
Juan Francisco Zacarías - Dedicado a Emiliano Ojitoz que hoy cumple Años...
¡Señores el cementerio ha cerrado, diríjanse a la salida por favor! Pasó gritando un sereno. La tarde nos daba la despedida. Las estatuas lloraban de dolor. Todos se iban y nadie saludaba a los muertos. Escapamos del vigía en busca de nuestra última victima. Y allí, enterrada sin haber muerto, una niña juega a las escondidas detrás del mármol que lleva su nombre. El viento nos cuenta en secreto la historia de la pobre niña. No terminó de nacer, jamás llegó a vivir, nunca pudo morir. Pero fue encerrada en una eternidad que ayer se llamó pasado y mañana se llamará futuro. Mis ojos se llenaron de lágrimas, el verde se convirtió en gris y una voz nos llamó desde adentro.
Juan Francisco Zacarías - Dedicado a Emiliano Ojitoz que hoy cumple Años...

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