Me Gusto Más Esto... Después posteare otras cosas...
Era una noche de verano de luna llena. Hacía mucho calor. Mi nombre, Juan, un rubio de ojos claros, narciso, egocéntrico, soberbio, muy orgulloso de sí mismo.
La angustia y algunas penas pesan más que un efímero momento de felicidad. Se acercan las doce de la noche y deprimido parto rumbo a donde sea, para despejarme un rato y tomar aire. La luz de la luna ilumina mi camino. Caminaba por Bilbao y me crucé de repente con la plaza Misericordia. Dentro de su negrura, vi esbozarse unas hamacas. Subí las escalinatas, apuré el paso entre los bancos de plaza para llegar a la parte de juegos infantiles. No sé si era una regresión o simplemente necesitaba una hamaca para sentir que levantaba vuelo y partía de esa

realidad agobiante. Entré a la jaula. Cuatro hamacas había pero también cuatro personas en ellas. Una chica joven, ligera de ropas de pelo negro y largo. Un chico de no más de veinte años, rapado y de tez pálida. Una mujer de cuarenta y largos, que no llegaba a ver porque la luz y la distancia no me lo permitían. Y un hombre en sus veintitantos años vestido con ropa de marcas sumamente costosas. Las cuatro hamacas ocupadas me obligaron a sentarme en la punta de uno de los toboganes. Prendí un cigarrillo. Fue el más caro de mi vida. No terminé de prenderlo para que el hombre de veintitantos me pidiese uno, luego la mujer cuarentona, y más tarde los dos más jóvenes. Cinco rojizas lucecitas se veían entre los árboles de la plaza. Pasaba el tiempo y el rechinar de las hamacas ya nos estaba volviendo locos a todos. El hombre cuarentón no se movía sobre la hamaca.
- ¡Por favor paren! - Gritó él. Y se paró dispuesto a irse.
- No, vení, ya está - Le dijo la chica más joven. Y aprovechó para manguearme otro cigarrillo.
- Me llamo Laura – Dijo la chica joven.
- Gonzalo... - Se presentó el hombre cuarentón.
- Me llamo Juan, ¿Qué tal?
- Yo soy Cecilia. - Dijo profundamente avergonzada la mujer cuarentona.
- Yo Damián. – El chico joven que nos quedaba sin presentarse nos dio su nombre.
De un minuto a otro, dejamos de ser cinco desconocidos y pasamos a ser Laura, Damián, Cecilia, Gonzalo y yo, Juan.
El silencio volvió a tomar las riendas de la noche. Las horas pasaron y se me ocurrió sacar tema de conversación.
- Perdón... ¿Alguien tiene hora?
- Son las tres y cuarto. Dijo Laura, la chica joven.
- Gracias... ¿Qué hacés tan tarde acá?
- ¡Qué te importa nene!
- No le contestes así al pibe. Estamos todos con una cara de amargados que no podemos levantarlas ni siquiera, el silencio nos está matando a todos y te lo preguntó de onda. No des bola pendejo.- Dijo Gonzalo.
- Tenés razón. Perdoname Juan... ¿Juan te llamabas no?
- Si Laura. Gracias Gonzalo. Pero...El desubicado fui yo asique... Todo bien.
- ¿Qué todo bien guacho? Se re bardeó la puta esta.- Dijo Damián.
- ¡Eh! Si la vas a bardear pibe, te saco a golpes.- Contestó Gonzalo.
- Tiene razón, no tenía porqué contestarle así a Juan, a demás... Si, soy puta... ¿Y qué?
- Todo piola, pero cual hay... Te le hacés la loca al pobre pibe.
- Ya le pidió perdón no la escuchaste. - Dijo Cecilia.
De repente estallaron las caras de angustia en una conversación interesante.

Uno a uno, nos fuimos presentando. Laura comentó que era prostituta y que estaba en la plaza porque ese día no tenía que estar trabajando.
Yo comenté que estaba allí porque los problemas me alienaban y necesitaba aire fresco. Lamentablemente la calle era mi único refugio en esos casos. Damián me interrumpió comentando que diera gracias a Dios de que podía tomar aire fresco para calmar mis penas y no recurría a otras herramientas que tenían un efecto un poco más… pasajero. Siendo que todos tenemos problemas dijo Gonzalo debería confesar entre ustedes, que tengo la necesidad de robar, no es que me guste, mi familia lo necesita. Ya que hablamos de porqué no estamos allá afuera, lejos de esta jaula, con toda la gente, tendría que agregar a mi discurso el hecho de que soy homosexual... Dijo Juan tímidamente.
- ¿Y vos Cecilia quién sos? - Preguntó Damián.
- Yo creo que querés entrar a la conversación pero tenés mucho miedo. No sé si de nosotros, o de vos misma pero tenés mucho miedo. ¿Quién sos Cecilia? Como verás no vamos a asustarnos ni que seas asesina ni que seas violadora...-
Juan fue interrumpido por una palabra casi en susurro.
- Violada.
- Estás adentro entonces...- Dijo Juan irónicamente.
Cecilia se acercó a la ronda que se había formado en el piso. Me llamaron la atención sus dientes. Luego me di cuenta de que llamaban la atención, por el color chocolate de su piel.
- Vos no te llamás Cecilia…- Dije repentinamente…
- No, mi nombre real es Mahalia.
El amanecer ya estaba asomándose y con él, la despedida.
Llegando casi al final de esta historia, el rubio se paró en medio de esa ronda. Entre sus pálidos labios, se esbozó una leve sonrisa y a viva voz comentó que había algo que aún le molestaba, una duda, un interrogante...
Este mismo rubio, meses después del episodio, esboza nuevamente esa pícara sonrisa llegando a esa parte del relato, mientras frente a un espejo lo repite incesantemente.
Su duda era simplemente, qué los había reunido allí. No fue casualidad que un homosexual, un ladrón, una abusada, un drogadicto y una puta se conociesen ese día en ese lugar. ¿Por qué ellos y no otros? ¿Por qué ese día, en ese horario habían ido allí?
¿Por qué la situación dejó que se conociesen? ¿Por qué el destino quiso que se encontrasen?

El rubio quiebra en carcajada, se mira al espejo, admira su belleza y deja entrever que la respuesta a todo esto, es la misma que a la de porqué vos estás leyendo esto.
¿Qué tenían en común que hizo que se juntasen?
Lamento informarte, escribe hoy el rubio, que nuestra única similitud fue la que hizo que a vos te gustara esta historia. Lo único que nos unía, era simplemente que éramos diferentes de los demás.
No sé si para bien o mal pero gracias a Dios, si crees en él, somos algo distinto a todo lo normal. A lo que entra en los parámetros de tu definición de normal. Gracias a nosotros, que tuvimos la fuerza para asumirnos como diferentes y luchar por ello. La vida nos convirtió en algo distinto, algo único, nos convirtió en algunos con el valor suficiente para hablar de nosotros, nuestra historia, y gracias a ella, la posibilidad de demostrarle al resto de lo común, que existe la diversidad, y quiérase o no hay algo más de lo que suponen que hay.
Gracias a la vida que estás leyendo esto, y te estás enterando que estás cosas pasan, pueden pasarte, por ahí, te pueden tocar.
La charla está resumida porque la vida, y mas que nada la historia es de cada uno. Pero con esto, lo único que el puto, la puta, ¡Cecilia!, el falopero y el chorro esperan es que por una sola vez, pienses que puede haber algo más.