Son la una y treinta y nueve minutos del veinticuatro de agosto del dos mil seis. Estoy mirando unas cientas de miles de millones de estrellas, mientras viajo con una hamaca en un sinfín de idas y venidas. El día termina. Mi casa a unas pocas cuadras. El reloj corriendo. El cambio de miércoles a jueves. Un viento cálido que me anima a que la noche no acabe nunca. Más de veinte grados me abrigan en el ocaso del invierno. Mi mente vuela y se va con la brisa, se estrella luego contra mi mismo y embebe con vértigo mi cuerpo, para más tarde, chocar contra mi nuca y volver a empezar. En pocos minutos, el ciclo se convirtió en rutina y empezó a ahogarme. La magia de la noche se convirtió en la oscura soledad de ésta, y el viento en un mero recuerdo que te invade con melancolía. Diosa de la depresión, la noche seduce y uno cae en su encantamiento. Encerrado en ella, ya es tarde. Las sombras, llenas de nostalgia, lo atraviesan a uno como si fuese de papel. Nos asaltan los fantasmas de la vida, los más profundos miedos, los más recónditos secretos, y así sin darnos cuenta, canta victoria la noche.
Logré levantarme de la hamaca, aunque algo me atraía a ella como suponiendo lo que iba a pasar. Corrí hasta la avenida más cercana. Estiré la mano, paré un taxi. Una voz seca preguntó mi destino. Zuviría y Carabobo creo haber pronunciado. Las horas pasaban y yo seguía sobre el taxi. Falta mucho pregunté… creía estar a unas pocas cuadras de mi domicilio. El hombre me miró con un extraño semblante. No sé si me creyó loco o estaba más perdido que yo en este momento. ¿Dónde estamos? Pregunté. Ya estamos llegando faltan unas pocas cuadras. El tiempo volvió a marchar deprisa. Mi cuerpo estaba entumecido de pasear en taxi, pero no respondía. Me dolían los huesos como si hace días viajara en él. Pregunté nuevamente… ¿Dónde estamos? A un par de cuadras me respondió el taxista. Cerré los ojos por un lapso considerable. Era imposible que tomando un taxi a seis cuadras de mi casa viajase durante lo que yo sentía noches. Miré el taxímetro.
Estaba apagado. Advertí al conductor quien me pidió por favor bajase del su auto. Accedí a su petitorio. Estaba aún en la plaza. Volteé para despedir al taxista pero ya no estaba. Giré y la plaza tampoco. Roté mi cabeza y me encontré en la puerta de mi casa. Quise entrar pero la llave no servía. Temía mirar atrás. Eché un vistazo al cielo y al bajar la vista, el piso había cambiado. Me aferré al manijón de la puerta, no lo podía perder. Me abracé a él y me encontré subiendo al taxi. El portazo que rebota y queda la puerta mal cerrada. El chofer que me exige cerrarla bien. Bajo del auto. La plaza no estaba, mi casa menos aún. Olviden al taxi, a la hamaca o al viento.
Logré levantarme de la hamaca, aunque algo me atraía a ella como suponiendo lo que iba a pasar. Corrí hasta la avenida más cercana. Estiré la mano, paré un taxi. Una voz seca preguntó mi destino. Zuviría y Carabobo creo haber pronunciado. Las horas pasaban y yo seguía sobre el taxi. Falta mucho pregunté… creía estar a unas pocas cuadras de mi domicilio. El hombre me miró con un extraño semblante. No sé si me creyó loco o estaba más perdido que yo en este momento. ¿Dónde estamos? Pregunté. Ya estamos llegando faltan unas pocas cuadras. El tiempo volvió a marchar deprisa. Mi cuerpo estaba entumecido de pasear en taxi, pero no respondía. Me dolían los huesos como si hace días viajara en él. Pregunté nuevamente… ¿Dónde estamos? A un par de cuadras me respondió el taxista. Cerré los ojos por un lapso considerable. Era imposible que tomando un taxi a seis cuadras de mi casa viajase durante lo que yo sentía noches. Miré el taxímetro.
Estaba apagado. Advertí al conductor quien me pidió por favor bajase del su auto. Accedí a su petitorio. Estaba aún en la plaza. Volteé para despedir al taxista pero ya no estaba. Giré y la plaza tampoco. Roté mi cabeza y me encontré en la puerta de mi casa. Quise entrar pero la llave no servía. Temía mirar atrás. Eché un vistazo al cielo y al bajar la vista, el piso había cambiado. Me aferré al manijón de la puerta, no lo podía perder. Me abracé a él y me encontré subiendo al taxi. El portazo que rebota y queda la puerta mal cerrada. El chofer que me exige cerrarla bien. Bajo del auto. La plaza no estaba, mi casa menos aún. Olviden al taxi, a la hamaca o al viento. 

2 comentarios:
lo que lei recien ...la primera historia,me hace acordar a un libro de cortazar (: .. amo la forma que tenes para expresarte, la calidez q le das a un lector, sos un genio escribiendo sann (:
santiiii
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